jueves, 9 de agosto de 2012

Abril 26 de 2012

Los Besotes


Te invade la sorpresa. Te abruma lo que ves, lo que oyes, lo que tocas, e incluso es abrumador el silencio en tus adentros, la calma imperturbable de tus pensamientos, que se contraen hasta su mínima existencia, mientras tu espíritu se expande a la deriva, en una explosión de sensaciones.

Aquí, en el laberinto bien numerado de calles, harto de certezas, nunca se está tan afuera de sí mismo. Y cuán difícil es explicar que hace falta estar allá afuera para descubrirse bien adentro; que hace falta estar en los ojos del mono que te mira curioso, convencido de que ve sin ser visto; hay que estar en los colores del  Tucán, en las formas y el tamaño de las rocas, en el pulso vivo del viento y el canto de las hojas a su paso; estar en la gritería alegre de los loros, pericos y güacamallas. Cómo explicar a quienes aturde el ruido y los afanes de un reloj que nunca para, que es allí donde te es revelado el secreto de quién eres realmente. Aunque debo decir que tan bella verdad no llega de tajo, enredada en interminables ideas que puedan ser plasmadas a lápiz y papel. Hace falta aprender de los árboles que, aunque poco se detienen en su camino al cielo, al verlos parecen siempre estar esperando, y lo están.

Hace un par de años emprendí la búsqueda decidida de los pedacitos fragmentados de vida que nuestro orgullo ha dejado a su paso. Y ha sido como ir armando un rompecabezas, con piezas que rescato de la arena de un gran desierto: la vida más allá del humano se ha venido convirtiendo en un mito, pues todo cuanto conocemos tiene algo que ver con nosotros. Así, en la búsqueda, ha sido como ir atravesando el vacío, de una pequeña isla a otra. Por esto es que al estar allá, no me cabía en la cabeza que todo cuanto me rodeaba estuviera en función de la vida. No se le escapa a la vida el más mínimo espacio... nada hay allí que no sirva a la vida. Y cualquiera me dirá que el techo de su casa le sirve y le es necesario para vivir, y es cierto, pero debo decir que, cuánto egoísmo y vacío albergan nuestras casa, nuestras calles, nuestros autos.

Tanta sorpresa se tronaba a veces en miedo; en el miedo del ermitaño descubierto en su húmeda y fría caverna, el miedo de quien poco a poco comienza a quedar desnudo. Pero nos viene bien un poco de indefensión, de humildad.


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